miércoles, 4 de julio de 2012

La “guerra de la soya” y la caída de Lugo

   Irónicamente, Paraguay es en un país en el que el 60% de su población vive aún en la pobreza los indicadores macroeconómicos del país están en auge gracias a la soya                                                              
  eremy Hobbs | 3/7/2012                                                                                                                             Fernando Lugo es la última víctima de la “guerra de la soya”. Elegido presidente en 2008 como un “defensor de los pobres”, Lugo fue destituido la semana pasada, sumiendo a uno de los países más pobres de Sudamérica en la incertidumbre. Las promesas de Lugo de acometer la redistribución de la tierra y la reforma agraria fueron populares, pero finalmente se tornaron incumplibles debido a la multitud de intereses en su contra. A principios de mes, 11 campesinos y seis policías murieron en Curuguaty durante la expulsión de agricultores de las tierras que ocuparon de una gran granja utilizada por un gran terrateniente opositor de Lugo. Utilizando esto como pretexto el Senado destituyo a Lugo ocho días más tarde. Pero es el incremento de la plantación de soya (y los océanos de tierra en los que ahora crece en Paraguay) lo que explica la destitución de Lugo, dentro de un contexto histórico de lucha por la tierra entre las poderosas elites terratenientes del país y los campesinos hambrientos y sumidos en la pobreza, por un lado y un mundo que aparentemente no tiene límites en su apetito por la soya para alimentar al ganado y producir agro combustibles, por otra. Paraguay no es el primer país en perder su gobierno debido a disputas sobre la tierra. Tampoco será el último. Después de décadas de amiguismo y corrupción, el 77% de la tierra cultivable está en manos de tan sólo el 2% de la población. A nivel global en la última década, se han cerrado acuerdos por unas 203 millones de hectáreas de tierra, más de seis veces el tamaño de Alemania, a un ritmo y escala que supera la capacidad de respuesta de nuestras estructuras de gobernanza. Las grietas, como en Paraguay, no están nunca lejos de la superficie. Paraguay es hoy el cuarto exportador mundial de soya y su demanda está en aumento, debido principalmente a la las demandas de China y de Europa que la utilizan para alimentar su ganado y para la producción de agro combustibles. El paisaje agrícola del país ha cambiado radicalmente a lomos de un boom sostenido de la demanda de soja. Desde 1996, más de tres millones de acres de selva subtropical han sido destruidos para plantar soya en lugar de alimentos y otros cultivos. Colonos provenientes de Brasil (los brasiguayos) han puesto en marcha grandes plantaciones de soya, provocando permanentes conflictos sobre lo que los locales llaman “robo de tierras”. En los últimos 20 años, cerca de 100 mil pequeños agricultores locales han abandonado sus hogares rurales y migrando a las barriadas de las ciudades, o a otros países o se han quedado sin tierra. El conflicto mortal que desencadenó la destitución de Lugo a principios de mes, no fue aislado ni nuevo y no hay evidencias de que se vaya a enfriar en el corto plazo. Cada año, cerca de 9 mil familias rurales son desplazadas por la producción de soya y un millón de acres de tierra (unas 60 veces el tamaño de Manhattan) se convierten en campos de soya. Irónicamente, en un país en el que el 60% de su población vive aún en la pobreza (de los cuales más de un 11% padecen desnutrición) los indicadores macroeconómicos del país están en auge. El Producto Nacional Bruto creció en un 15% en 2010 gracias a las exportaciones de soya que representaron cerca de 1.600 millones de dólares. El boom de la soya en Paraguay (made en China y Europa y asentado sobre los terrenos de las élites políticas) está controlado en las salas de juntas de los grandes negocios. Un 70% de la soya paraguaya se exporta cada año y, de ella, gigantes multinacionales como Cargill, ADM y Bunge se llevan el 70%. En 2004 Syngenta causó indignación al publicar un anuncio de un mapa que sombreaba una amplia zona de Argentina, Brasil, Bolivia, Paraguay y Uruguay bajo el slogan “La República unida de la soya”. Sin embargo, Paraguay no ha sido capaz de dar valor añadido su exportación de soya: En 2010, 5,7 millones toneladas de cosecha fue exportada como simple judía, mientras que tan sólo 1,5 millones de toneladas era producto procesado. Otros actores parecen ganar más de esta República Unida de la Soya que los paraguayos. A Oxfam le preocupa la ley y el orden y el proceso democrático en Paraguay y eso, como siempre, en el caso de conflictos serán los más pobres los que sufran las peores consecuencias. La comunidad internacional debe apoyar a la población de Paraguay para construir un país más justo e inclusivo, que se centre en el desarrollo rural y la producción sostenible de alimentos, y más particularmente en un reparto (o tenencia) más equitativo de la tierra, para que los campesinos más pobres y las comunidades se vean protegidas de las rapaces demandas sobre la tierra. El FMI cree que la economía de Paraguay crecerá el año que viene en torno al 8,5%, una perspectiva fantástica, pero sólo en el caso de que los beneficios de este crecimiento puedan ser justamente compartidos. Más allá de esto, las corporaciones globales y los líderes políticos que han espoleado el boom de la soya en Paraguay necesitan mirar fijamente su sostenibilidad y cuán justo se ha llevado a cabo y retornar beneficios a los paraguayos de a pie. Más de la mitad de la soya que crece en Paraguay se exporta a Argentina, y la mayor parte de ésta se convierte en diesel tanto en Argentina como en Europa para ser usado como combustible de automóviles. En un mundo donde 1.000 millones de personas se va a dormir con hambre cada noche, políticas que convierten tierras fértiles para cultivar comida en campos de combustible son, cuando menos equivocadas y  sólo servirán para incrementar los conflictos sobre los limitados recursos naturales. 
Autor: Director Ejecutivo de Oxfam Internacional.

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